Toda de negro

En la calle de Preciados, a pocos metros de la Puerta del Sol, encontramos a Consolación. Así dice llamarse una anciana, vestida de negro de pies a cabeza, que se apoya en un bastón rematado por metros de esparadrapo color miga de pan. Nos da palique porque, previamente, hemos dejado algo de dinero en su cuenco. Lleva una bandeja llenita de cajas de medicamentos: Nolotil, Motilium, Gelocatil... «Es que tengo muchos dolores. Son pastillas que me receta el médico pero mi pensión es muy cortita y no me da para casi nada», nos cuenta. Tampoco sabe muy bien los años que tiene.

«Cuando me canso, me voy a una esquina, de sombra, y ahí descanso un ratito. Eso me dura mientras no me ven los policías, que me tienen muy controlada y, a veces, no me deian andar tranquila por aquí», responde la anciana. Consolación relata que no tiene más remedio que pedir. «Estoy enferma y soy viuda. Vivo con una hija, viuda también. He visto cómo se me han muerto tres hijos, de mala manera ...». De su hombro cuelga un cartelón que reza: «Por amor de Dios. Tengan caridad con la abuela, que esta «henferma» del corazón y hepatitis. Gracias. Dios les de salud».

Ahí dejamos a Consolación, con sus monedas, su bastón, sus cajas de medicamentos -algunos peatones comentan que «todo es cuento»- y con su paciencia, esa no se le puede negar, para aguantar horas y horas allí plantada.

Caminamos hacia la plaza de Callao. Enseguida encontramos a otro indigente. Se encuentra junto al escaparate de unos grandes almacenes. Se trata de un varón. Está sentado sobre una enorme bolsa de «nailon» oscura. Suponemos que es donde guarda todas sus cosas. Las únicas que el hombre debe de tener. Se llama Ángeles Masneda y es portugués. Asegura que lleva en España algo más de dos años. «Pido porque no tengo para comer. Pido para comer. No puedo trabajar porque estoy enfermo, muy enfermo. Tengo dos hernias que debería quitarme pero no sé como pagarlo o donde ir para que me operen sin que me cueste». Ángeles vive con una hija en Madrid. «Ella -asegura- tampoco puede trabajar. Es diabética. Yo estoy casi siempre aquí, en Callao. Pero son muchos los que quisieran estar en este lugar. La Policía, por lo general, no nos molesta. De vez en cuando nos dice que nos movamos un poco», relata.